Hace no muchos años, pero sí los suficientes como para decir que ha transcurrido toda una vida desde entonces; sólo había nubarrones sobre la mirada de aquel muchacho, el protagonista de este cuento. Yo mismo lo oí decir, recuerdo, que nada le importaba más que él mismo, recuerdo muy bien incluso aquello de “yo llegué sólo a este mundo y me iré sólo”; ¡qué palabras tan frías para un joven como él!, un niño en realidad cuando las dijo por primera vez. Comprendí muchas cosas entonces, quizá no todas en realidad, pero las suficientes para darme cuenta que se equivocaba, porque yo me encontraba ahí, siempre he estado ahí y aquellos momentos de múltiples tribulaciones no fueron la excepción.
Pero él se impuso, debo aceptarlo. Se impuso como aquel hermano gemelo mayor que impone su autoridad por haber visto la luz de este mundo por primera vez, después de todo, era su derecho el imponer las condiciones y yo… No lo contradeciría, nunca lo haría; porque es él… Soy yo… Somos uno sólo y eso no podremos deshacerlo, suponiendo que llegáramos a desearlo.
Siempre noté cómo se hundía en algo que no era físico, algo que ni él ni yo podíamos tocar, pero que indiscutiblemente estaba ahí y sabíamos que literalmente lo jalaba… Y a mí con él. De pronto, el momento de aceptar que no podía más, llegó para él y llegó la primera confesión:
“A veces, cuando pongo el primer pie en el suelo, después de salir de la cama; casi puedo escuchar la pesadez de mi existir golpear el suelo con tal fuerza, que por poco no me resisto el impulso de cubrirme los oídos para protegerlos de ese lastimoso ruido; producto quizá de mi propia locura, lo sé; pero que sé que es tan real, como la propia disruptiva realidad en la que me sumerjo rápidamente”.
Aquella confesión llenó mi cabeza de preocupaciones, cosas que no había experimentado antes de ese momento, que me hicieron entender que quizá había llegado el momento de hacer valer el papel que me tocó jugar, ¿pero cómo?
Cuando esa luz divina apareció, fue tan sutil ante nuestros ojos que por poco no la vemos pasar, por poco no nos damos cuenta que estaba ahí, como avanzando en cámara lenta; como escoltando a la persona más importante del mundo… La escoltaba a ella…
Quizá fue que nuestra luz se apagaba y nos dejaba en penumbras; quizá fue la calidez que producía su luz, comparada con la frialdad que nos permitía sentir la nuestra; o quizá sólo fue miedo de quedarnos solos en la obscuridad cuando inevitablemente nuestra luz llegara a su fin; pero por fortuna el momento de arrojo llegó y por fin, con él todavía al mando, pudimos disfrutar de esa nueva luz, la de ella, la que con amor nos compartió.
Casi había olvidado lo bien que se sentía, pero gracias a ella; no sólo yo, sino también aquel muchacho, recibimos nuevas fuerzas y nuestra luz divina, casi extinta, renació.
En algún momento él, sintió que la luz de ella era demasiado fuerte, por momentos en realidad lastimosa para él; por lo que su instinto natural lo llevó a intentar que ella iluminara con menor intensidad. Por fortuna, nunca lo logró y aunque ella lo hubiera intentado, limitar la intensidad era en realidad imposible, esa luz proviene de una fuente tan poderosa y a la vez desconocida, que si no la resistes es mejor alejarte.
Él, finalmente no pudo más y tuvo que ceder; con lo que una última confesión salió de su boca, pero esta vez no la dirigió a mí, sino a ella. Y debo admitir que fue esa confesión, la que lo cambió todo para siempre…
“El momento de reconocer que mi mente se ha separado de mis emociones llegó y que esa es la razón por la que soy el de ahora. ¿Dónde se encuentran?, en realidad no lo sé, podría ser simplemente que mis emociones se encuentran dormidas y me niego a despertarlas, porque sé que eso traerá consigo un cúmulo de prioridades intangibles y que mi cerebro considera de poca importancia.
Lo que mi cerebro no alcanzaba a comprender hasta ahora, es que esas prioridades que vienen de mis emociones, no pueden ser de poca importancia, si son lo que deseo que defina mi realidad a partir de ahora. ¿Tú que me conoces, crees que estás viendo al verdadero yo?, -dijo sin esperar respuesta en realidad-, ¿no te has preguntado si existe algo debajo de lo que ves? Tengo que confesarte, que en realidad al que ves es sólo al portador del verdadero yo. Porque ese verdadero yo se encuentra debajo de esta cubierta, de ese ser que ves por la calle, de ese ser que con dificultad muestra rasgos de felicidad; y para ser honesto, a ese verdadero yo podrías escucharlo con suma facilidad si tan sólo trataras, porque desea salir con tanta fuerza, que no se cansará de gritar, hasta que esta insignificante coraza que lo ha tenido aprisionado por tanto tiempo, se termine de romper y tome por fin mi lugar, el que siempre le ha correspondido. Casi puedo escuchar esos desesperados gritos cuando guardo silencio por las noches, casi puedo sentir cómo retumba en mi pecho insistentemente, con ese juvenil fervor de alguien que sabe cuál es la ruta de escape y ha echado un primer vistazo hacia afuera.
Ya casi nada queda de esa coraza, ya no es lo que fue; ya no es aquella prisión impenetrable y lamento decirle a los que se han acostumbrado a verme de esta manera, que jamás volverá a ser lo que fue. Finalmente estoy listo para ceder mi lugar y pasar a segundo término y te lo debo sólo a ti y a tu luz divina”.
Conforme avanzaba en sus palabras, me fui dando cuenta que ese ser aprisionado al que se refería… Era yo… Finalmente, estaba reconociendo mi existencia y no lo hubiera terminado de creer, si no se hubiera dado vuelta en aquel cuarto obscuro, que se llenó de luz por primera vez y nos hubiéramos mirado a los ojos por, también por primera vez.
Ahí estaba él… Ahí estaba yo… Ahí estábamos los dos, que en realidad siempre fuimos y seremos uno mismo, habitantes del mismo espacio, del mismo cuerpo, de la misma mente, pero con prioridades muy diferentes; él preocupado, estresado, amargado y yo, deseoso de mostrar mi alegría de vivir. No supimos qué decir, sólo sonreímos, verdaderamente sonreímos; nos dimos la mano y lentamente dimos un par de pasos por el lado derecho del otro, lo que nos llevó a nuestro nuevo lugar. Ahora yo estaba más cerca de ella y estaba al mando; ahora yo era, el protagonista de este cuento y mi luz, nuestra luz divina alguna vez casi extinta, comenzó a brillar con una intensidad nunca vista… Y continúa así desde entonces, gracias sólo a ti… Y a tu luz divina…
Fin.
Dedicado a la mujer que no dejó que mi luz divina se extinguiera:
Claudia Patricia Rios Leal.
De:
Daniel De la O Mora
16 de Enero de 2017
17:32 horas


Gracias por nuestro catorceavo aniversario cariño.
Simplemente hermoso.
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Hace catorce años ya de aquel día, en que decidimos casarnos a escondidas, ¿te acuerdas?
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Como no recordarlo si fue un día maravilloso que sigo recordando con emoción.
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